lunes, 11 de julio de 2011

como a una cuadra de Trafalgar Square


Como era tu cumpleaños, me acorde de ti buen parte del día.
Y para asegurarme revisé varias veces mi cuaderno de viajes hasta que encontré un boleto del metro de Madrid y no tuve duda: pasaron ya diez años.
Yo que no llevo la cuenta de las cosas importantes y que olvido no solo las fechas, sino hasta las agendas donde las he apuntado, me acordaba exactamente de este día. Guardaba como prueba un pase de abordar, una rama de eneldo, un montón de postales de aquel viaje, que fue tremendo de tan hermoso, de tan solitario y que estuvo tantísimo tiempo contaminado por rencores y berrinches. Me acuerdo que muchos de aquellos papeles acabaron en un sobre amarillo con una advertencia sobre su contenido para que no fuera abierto nunca, nunca. Y me acuerdo de los días siguientes, de los meses siguientes, de los años, y me queda claro que no me he caído tan mal como entonces. Recuerdo la noche de mi vuelta en el aeropuerto, lluviosa y desconcertante y mi montaña de ropa nueva sobre la cama y un viaje improvisado por carretera a una playa con tortugas que ayudó bien poco.  Y ya casi que no importa pero me acuerdo del peor año de mi vida cuando pienso en aquel viaje y apenas hace bien poco pienso en él y sonrío y me gusta y lo entiendo.

Un remolino de casualidades, una cadena de decisiones insensatas y un montón de cosas que pasaron lejos de mi, osea la vida; me regresaron al mismo lugar justo diez años después. Y yo que soy ahora dos o tres personas distintas, me acuerdo de aquella otra vida y agradezco esta semana feliz, aquel montón de papeles en un sobre amarillo y tomo las mismas fotos en las que salgo sonriendo de verdad, como entonces.

miércoles, 30 de marzo de 2011

También hay un deseo que aún pido siempre


El irresponsable me llamaba casi siempre antes de las ocho de la mañana y casi siempre me despertaba. Yo con el teléfono en la mano, me estiraba escuchándolo, preparaba dos litros de té verde, regresaba a la cama y lo escuchaba otro rato. Generalmente él iba manejando de regreso a su casa y yo después de desperezarme, salia al jardín taza en mano, me sentaba en la hamaca, me reía muchísimo y me mecía bajo la bugambilia. Otras veces el irresponsable me llamaba a las doce de la noche para avisarme que pasaría por mi en veinte minutos y yo por supuesto tardaba diecinueve en ponerme azul en los ojos y medias caladas o brillitos y siempre tacones. Y después cualquier cosa podía pasar, además de la botella de Casa Madero, de atravesar la ciudad tres veces y de sonrientes desconocidos siguiendo mis pasos, cualquier cosa, cualquier lugar, cualquier exceso. Horas de brillantina y de trenes en las que nada importaba, en que allanábamos monumentos históricos y casas desocupadas y me aprendía en diez minutos canciones que nunca había escuchado. O prendíamos un fuego enorme junto al limón y cocinábamos y a veces hasta me daba por llorar.

El irresponsable volvía los martes en autobús a su madriguera de tres camas y yo por fín dormía un poco, hasta que me despertaban de nuevo el teléfono y la risa. Y aunque él mentía sin intención y sin reparo, yo podía decirle casi todas las verdades y creerme mis contratos al pie de la letra o lo que es lo mismo, sentirme responsable y honesta para variar un poco.

El irresponsable en cambio no reparaba en gastos ni en insomnio y yo apretaba los dientes y hacía una lista larga de adjetivos horribles para nombrarlo mientras me mecía en la hamaca entre carcajadas poniendo todo el empeño que me quedaba en no creerle una palabra.


martes, 7 de septiembre de 2010

¿Y entonces?


Me ha pedido que me case con él.
Yo sospecho que fue un truco para hacerme regresar, y aunque siempre me he tomado esas cosas a la ligera, esta vez me parece que no me va a ser fácil, porque nada ha sido fácil desde que decidí meterme al mar con mi vestido de flores mientras el me perseguía para salvarme.
Me ha pedido que deje mi casa de madera, las luces del día siguiente, las pequeñas certezas que me mantienen con vida, las lentejuelas y a todos aquellos. 
Ha confesado que no ha traído un anillo porque estaba seguro, segurísimo que yo diría  “no”, pero que si digo “si” puedo escogerlo yo misma, como si eso de verdad me preocupara.
Afuera, el lago Trihonida se confunde con un cielo de plomo, hace frío y hay silencio, adentro la gente bebe vino en espera de la hora del bradinó  y yo miro mi vaso muerta de miedo en espera del fin del mundo.
Me ha pedido que le mire a los ojos,  y yo que estoy loca por él, no tendré mas remedio que decir que si.

lunes, 19 de julio de 2010

El numero treinta

Llevo veinte años limpiando ésta casa, así la encontré de sucia.
Empecé por poner vidrios en las ventanas, traer  un gato y quitar el calentador de leña que se usaba para quemar la basura. Y con una maleta me instalé en una habitación del tamaño de un closet que tenía las paredes cubiertas de calcomanías  y panfletos pegados con resistol. Luego tendimos un cable, para tener luz en el piso de arriba que se iluminó por primera vez en noventitres años con música y focos ahorradores, así la encontré de sombría. Fui sacando a pedazos muebles, paredes y oscuridades para hacer lentamente espacio para mí y para mis abrigos.  Varios camiones de mudanza, cientos de viajes al basurero y hubo sitio para caminar de una habitación a otra, así la encontré de abarrotada.  Al final cupieron todos, al final cupe yo en la casa victroiana, remendada e impasible.
La pintamos poco a poco de blanco y de verde, costuré cortinas de manta, puse cuadros en los muros, costumbres nuevas y lámparas y tiré uno a uno los recuerdos de familia, la estufa oxidada, los malos olores y las excusas de mi padre para su inmovilidad, así la encontré de defendida. En la cocina quedaron los azulejos que olvidó un inquilino desatento, un techado de acrílico en el patio, nuevo tendido eléctrico,  dos tapancos de más y un tapanco de menos. Y para no hacerla enojar demasiado, dejé donde estaban los mil quinientos  libros que nadie se atreve a leer ni a tirar a la basura, así la encontré de intacta.
Por fuera la casa siguió como siempre,  con los muros ocres carcomidos y papel periódico en las ventanas para pasar desapercibida al tiempo y a los curiosos. Digamos que así la encontré de exactamente igual a como se ve ahora. Quisiera creer que la mano de pintura no la ha hecho olvidar los chismes de familia ò los secretos, las pelucas de mi abuela, la última noche de mi abuelo, las colecciones irremplazables de revistas en blanco y negro, la historia de quienes hemos sido.

domingo, 2 de mayo de 2010

A su debido tiempo

Cuanto me tomará cerrar la casa para no volver, anunciar buenas nueva que no tengo intenciones de cumplir y terminar de una vez tantísimo trabajo acumulado. 
Meter en cuatro cajas cincuenta años de vida, veinte años de cuadernos, diez años de zapatos. Como tomar los seis extremos del jardín, para doblarlo, hasta dejarlo convertido en un compacto de yuyo y de naranjas que me quepa en la mochila y pueda desdoblarlo luego allá bajo un sol chiquito. Yo solo quiero prender la chimenea y la luna y  tomarme en el porche la última cerveza ó  mecerme en la hamaca, preparar huevos con tocino y té verde en la mañana, las pequeñas rutinas y las alegrías enormes que abandono.
No se me ocurre como empacar la noche de Marrakesh del siguiente sábado, los fuegos artificiales del bicentenario desde el balcón de Las chiquitas, los martinis de colores, la proxima bonita fiesta ó la comida con el Dino y con La Jefa el ultimo viernes de éste mes. La cosas pendientes, se quedarán pendientes.
No pueden acompañarme tampoco los objetos, ni mi cama en su caja de zapatos,  los libros de Tomás Segovia, mi oveja-silbato, mis tacones rojos, ni la diamantina.
Puedo por ahora hacer lo que hago mejor, con los mismos excesos y la misma rabia, reír a carcajadas, quemarme los ojos y vivir con la prisa y la imprudencia de siempre.
El tiempo que me quede, no voy a malgastarlo en despedirme.

martes, 9 de marzo de 2010

Sin andenes


Nunca viajé en tren cuando pude hacerlo, es decir, antes de que en mi país los privatizaran; cuando eran incómodos, venerables y lentísimos. Mi casa al norte de la ciudad, estaba muy cerca de la estación y los escuchaba siempre imaginando destinos y dejando para el día siguiente el viaje que nunca llegó. Cuando finalmente lo intenté, la estación enorme y desierta, el anden larguísimo y la culpa por haberme escapado de la escuela me dijeron lo mucho que había tardado en decidirme. Nos sentamos mirando por la ventana a esperar que el tren saliera, dos horas esperamos y el tren nunca salió, un mes después cerraron la estación al público. 
 
Mi amiga verdadera me contaba que un tren los despertaba a ella y a su marido al amanecer y que cada día escuchándolo hacían el amor. Como homenaje, él le regalaba a ella pequeños trenes en las fechas importantes: uno de oro cuando nació su hijo, uno de cristal cuando quiso retenerla. Y a mi me gustaba esa historia y me ponía triste como a ella.
Hubo otro tren que pasaba a veinte metros de mi patio y que me hacia correr a diario a la calle solo para sentir el suelo temblar y decirle adiós con la manos. Luego durante un tiempo me dió por tomar fotos de vías y de trenes que siempre me han parecido animales hermosísimos; antiguos y herrumbosos que tardaban cuatro días en llegar a su destino.
Mi primer tren fuè en cambio flamante, caro con aire acondicionado y vino y aunque me llevó a La Alhambra  no me quitó las ganas de subirme a un tren de verdad, uno con vagones de tercera, duela muy gastada y cubierto de grafitis. Como el tren del amor de mi amiga o como los que ya nunca pasarán cerca de mi azotea.



viernes, 8 de enero de 2010

Nieve primera

Viajo al lado de un desconocido, he empacado de prisa para el primer invierno de mi vida. Que cuernos hago aquí. Tiene algo muy familiar este lugar, el gesto de las personas tal vez, el ruido de las calles, la violencia de los automovilistas. Que cuernos hago aquí. Prefiero visitar tabernas que museos, mercados que acrópolis, o quedarme a ver la tele con ellos cuyos nombres no conozco. Que cuernos hago aquí.
Entiendo palabras sueltas y la gente cercana me mira un poco con recelo y un poco con sorpresa, pero igual todos sonríen. Que cuernos hago aquí. Reconozco en los letreros caracteres que recuerdo de mis libros de cálculo y de física y me pongo a cantar sin saber que estoy diciendo. No puede salir nada bueno de este viaje hermoso, no puedo más que empezar a arrepentirme. Tomamos carretera, cruzamos sobre el mar Jónico un puente larguísimo, el fin de año nos sorprende sin llaves en un merendero del camino, yo no dejo de reir. Que cuernos hago aquí.
No hay abrigo que alcance, las lagrimas se me congelan en la cara y me pongo mas triste que nunca al despedirme. Nunca me había sentido tan llena, como en esta casa vacía mirando nevar por la ventana. Que cuernos hago aquí
Una felicidad pequeña me abriga constante y yo me pregunto todo el tiempo…